A Pony Bravo se les ha comparado con los Doors. De ellos se ha dicho, entre otras muchas cosas, que les mueve la experimentación y que en cada canción reivindican el rock andaluz.
Sea como sea, la banda sevillana puso un pie en el mundo musical de este país con su sello discógrafico El Rancho, radicado en Sevilla y creado por los propios miembros de la banda, para asegurarse de que impera la independencia en su modus operandi.
Pony Bravo actuó el pasado viernes en el Let’s Festival, la misma noche en que lo hicieron Edith Crash, los demenciales Za! y Betunizer. Salieron al escenario para colaborar en un tema con Za! y después nos obsequiaron con un buen repertorio, en el que abundaron los temas pertenecientes a “Un Gramo de Fe” (El Rancho, 2010), su segundo disco.
Originalidad. Qué difícil alcanzarla. Parecería que todo está inventado. Sin embargo, sumergirse en la escucha de Pony Bravo se ha convertido en una experiencia que no nos recuerda a nada anterior. Un puntito andaluz, un dominio maravilloso de los instrumentos, la voz impactante o más del cantante, la psicodelia del sonido, las alucinógenas historias. Penetrar en su directo en los conciertos nos obliga a unirnos a una turba en movimiento. Es la segunda vez que les veo en directo y que compruebo cómo convierten el lugar en una mística discoteca en cuyo espacio se ha de bailar sí o sí. Al ritmo de “La Voz del Hacha”, “Noche de Setas”, “Súper Broker”, “Ninja de fuego” (versión de la del fabuloso Manolo Caracol) o “China da miedo”, del disco “Un Gramo de Fe”. “La Rave de Dios” es, sin embargo, una de las preferidas y eso se percibe con facilidad.
El público a mi alrededor hace retumbar el suelo. Quisiera una que no acabara nunca esta sensación de éxtasis colectivo. La Sala Salamandra se vuelca. El sonido es prácticamente perfecto, enhorabuena. Los cuerpos se mueven y también cantan. Los miembros de Za! entran y salen del escenario propiedad de Pony Bravo con total libertad y colaboran a su manera en la fiesta.
Los temas del primer disco, “Si bajo de espaldas no me da miedo”: “El Guarda Forestal”, “El Piloto Automático” y “El Rayo” nos ponen los pelos de punta pero echamos de menos la maravillosa “Pony Bravo”, una de nuestras favoritas.
Comprobamos la comunión que existe entre los miembros del grupo y no podemos pasar por alto al comodín de la banda, Pablo Peña, bajo, guitarra y lo que le echen. Adoramos su atuendo colorido, su forma de dirigirse al público y nos encantó su interpretación de una nueva canción, a modo de rap, con la que nos obsequiaron.
Acaba el concierto y compruebo que estoy sudando, que no he dejado de moverme en todo el tiempo, siguiendo la prescripción de la banda en “El Piloto Automático”: hace falta, niña, un poco de acción.
“No hay mejor colocón que el que produce Cristo. Me hace sentir súper cocaína” (La Rave de Dios)






